Suplemento de MILENIO Diario
y SEPRADI, 9 de octubre de 2009/ Número 8
OPINIÓN
CRÓNICA DE LA BARBARIE
Martín Equihua
Interculturalidad: ¿trampa
o realidad?
Hoy todo mundo habla de interculturalidad, especialmente
en el ámbito educativo, pero los alcances de este concepto
suculento no están bien definidos, por lo que se corre
el riesgo de levantar una nueva cortina de humo que nuble las
desigualdades históricas en que los pueblos indígenas
han sido conquistados, exterminados, colonizados, negados, integrados,
asimilados, educados, interculturalizados lejos acaso de
la intención más o menos genuina que reclama un
diálogo en respeto y tolerancia. En puerta están
dos magnos congresos internacionales, a celebrarse en Guerrero
y Michoacán, de los que saldrán nuevas fórmulas,
deseos y metas.
Y es que ciertamente el concepto parece aplicarse a cualquier
cosa: desde un pequeño proyecto de gallinas cuyos huevos
serán vendidos a turistas, hasta la educación dizque
bilingüe, que apenas ha logrado decir en lenguas indias
que la historia empezó con el espíritu aventurero
del genovés Cristobal Colón. Ante ello, y para
no encerrarse en debates de complacencias mutuas, la tarea sería
dibujar el cuadro de oportunidades para la interculturalidad
deseable y, con los pies en la tierra, medir el déficit
de relación que persiste, más allá del intercambio
de aplausos ante danzas coloridas o muestras gastronómicas,
explotadas casi siempre para visitantes distinguidos. ¿Qué
tal una verdadera reforma del Estado que abra, por primera vez,
la puerta para la inclusión india en las instancias donde
se deciden políticas públicas y presupuestos?
Como lo han apuntado algunos analistas, la interculturalidad
presupone respeto entre las partes, pero también reducir
la aceptación de que la igualdad debería ser base
de tales relaciones, porque es aquí -justamente aquí-
donde el insoportable peso de la realidad nos remite a estados
de exclusión, a juzgar por los indicadores socioeconómicos,
recuentos de espacios políticos, ámbitos legales
y la cosificación de culturas para deleite de turistas,
además del monstruoso desdén del sistema educativo
por la historia y la cultura de los pueblos indígenas
de carne y hueso.
Es decir que hay mucho más que tamales y pizza para intercambiar;
más que sones abajeños, danzas de tigres y corridos
perrones En el ámbito de la reproducción
material de las culturas, aquel que mejor puede sustentar la
interculturalidad, y en la embriagante esfera del poder, queda
mucha piedra por picar. Dicho de otra forma, los amantes de la
interculturalidad, enredados en discusiones de autoconsumo, deberían
lanzar sus misiles con más fuerza a estos campos minados
y reclamar su democratización. Esto es, contribuir en
serio al sepelio de ese modelo etnocéntrico denunciado
con fuerza en las últimas décadas, donde los indios
sólo sirven para adornar discursos y para mirar desde
la orilla de la Historia.
Es necesario llenar de contenido al concepto, o mejor sea dicho,
a las relaciones interculturales entre pueblos indígenas
y sociedad nacional, sin olvidar las múltiples expresiones
culturales y sus problemáticas específicas, para
mejor saber de qué habla el poder cuando invoca esta suerte
de novedad conceptual.