Suplemento de MILENIO Diario
y SEPRADI, 9 de octubre de 2009/ Número 8
OPINIÓN
DETALLES
José del Val
Cinismo de Estado
Cualquier intento de explicación cabal sobre la actitud
con la cual el conjunto de las instituciones que configuran el
Estado nacional mexicano ha respondido los últimos 15
años a las demandas legítimas de los pueblos indígenas
es sin la menor duda la de cinismo. La mentira, el engaño,
la traición y el ninguneo han sido las expresiones constantes
y reiteradas hacia los pueblos originarios de México.
No deja de sorprender el hecho de la persistente y perversa homogeneidad
con que las más diversas estructuras del Estado mexicano
responden a los planteamientos indígenas.
Paradigmática fue la traición con la que el ex
presidente Ernesto Zedillo dio respuesta a los denominados Acuerdos
de San Andrés, pactados por el Estado nacional con los
pueblos indios; en vez de actuar para su cumplimiento, mandó
a su flamante secretario de Gobernación a dialogar con
los zapatistas, al tiempo que ordenaba al Ejército Nacional
una ofensiva militar sin precedentes. Y qué decir de la
complicidad probada de las autoridades federales y estatales,
desde el secretario de Gobernación, en ese momento Emilio
Chuayffet, hasta el gobernador de Chiapas en turno, Julio César
Ruiz Ferro, con los autores de la infame y tristemente célebre
"masacre de Acteal".
Pero no sólo han sido las autoridades federales y estatales
quienes han actuado con tal mendacidad con los pueblos; la mismísima
Suprema Corte de Justicia de la Nación ha actuado de manera
muy semejante en cada ocasión en que el tema de los pueblos
indígenas ha logrado su atención; basta señalar
la infamante e irresponsable decisión, plena de cinismo,
que acaba de imponer al declarar en libertad a los confesos asesinos
de Acteal, invocando errores de procedimiento.
Ni hablar de nuestros indignos legislativos de los últimos
tres periodos, quienes reiteradamente han eludido asumir su responsabilidad,
establecida legalmente en el accionar de la Comisión de
Concordia y Pacificación, que ha sido despreciada y paralizada
por sucesivos plenos camerales, sin que a la fecha exista procedimiento
alguno o juicio incoado para llamar a cuentas por su reiterado
incumplimiento a decenas de legisladores responsables.
El accionar cínico e irresponsable por parte de los tres
poderes de la nación, durante los últimos tres
quinquenios, ha producido un efecto multiplicador de impunidad
irresponsable en el accionar de las instituciones y tribunales
de todos los niveles, y más todavía, hasta contaminar
incluso a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos
(CNDH), cuyo titular, el doctor José Luis Soberanes, como
muestra de tal talante institucional, se atrevió irresponsablemente
a dictaminar que la anciana nahua Ernestina Ascencio Rosario
había muerto de anemia y no de una brutal violación
tumultuaria, como fue reiteradamente probado.
¿Qué podemos decir del rosario de injusticias producto
de nuestras putrefactas "procuradurías de justicia",
uno de cuyos más recientes y vergonzosos despropósitos
fue la inconcebible decisión de juzgar y encarcelar a
tres mujeres ñahñuh, entre ellas Jacinta Francisco
Marcial y Alberta Alcántara, acusadas de haber secuestrado
a un nutrido comando especializado de la Agencia Federal de Investigaciones?
Son de tal dimensión y generalidad las ofensas y agravios
que este Estado nacional viene cometiendo contra los indios de
México que tendremos que pasar muchos años en los
juicios que se acumulan, postergándose, contra un número
significativo de responsables de todos los niveles que deberán
ser juzgados y castigados con el máximo rigor posible,
a pesar de que hoy todavía siguen actuando como si nunca
fueran a ser llevados a tribunales cuando esta nación
abjure y destruya el Estado Cínico que se apoderó
de la transición mexicana.