Suplemento de MILENIO Diario
y SEPRADI, 14 de agosto de 2009/ Número 7
OPINIÓN
CRÓNICA DE LA BARBARIE
Martín Equihua
Es justo que la justicia se
abra
Los sustitutos de los ministros Genaro Góngora Pimentel
y Mariano Azuela, que habrán de jubilarse en noviembre
de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), deberían
ser indígenas. No es una ocurrencia fuera de lugar y tiempo,
como aún podría pensar más de uno. Más
bien se trata, éste sí, de un acto de justicia
por excelencia y de nueva oportunidad para que la espada mítica
y justiciera se acerque a la llevada y traída interculturalidad
que el indigenismo de hoy exagera en su discurso. Sin duda, el
sector del pueblo mexicano de indios eclipsados se podría
iluminar con un nuevo haz, de cara a los centenarios patrios.
Emblemáticos sucesos como la masacre de Acteal, el levantamiento
y aparente apaciguamiento zapatistas, la telaraña de conflictos
agrarios que cubre la meseta purépecha, la lacandona o
la sierra oaxaqueña, y tantos casos más con nombre
y apellido, como Jacinta Francisco, Eufrosina Cruz, Bruno Plácido,
Leopoldo Juárez. Podría derramarse el beneficio
de una nueva relación que alimente el sueño de
eso que suele llamarse pluralismo jurídico; esto es, la
idea y el reclamo de que se reconozcan los sistemas jurídicos
indígenas y, por tanto, la fuerza de su oralidad, pues
no siempre "papelito habla".
Jacinta Francisco Marcial (que no Jacinta, como no decimos Felipe
por Felipe Calderón Hinojosa, o Genaro por Genaro Góngora
Pimentel o por Genaro García Luna) sería juzgada
en primera instancia con este nuevo cristal y, de rebasar su
competencia, por un sistema estatal que hiciera valer sus derechos
lingüísticos y otros; pero juzgada también
sin compasiones denigrantes que suponen que por ser indígena,
y sólo por ese hecho, resulta incapaz de secuestrar o
incitar a la violencia contra agentes federales que, por cierto,
devinieron en blancas palomas en esa historia cargada de sinsentidos.
¿Por qué regatearle que haya podido ser la incitadora
mayor, con gasolina y mechas en mano, para linchar agentes federales?
En todo caso faltan pruebas, para que no se falte a la lógica
más elemental con la invención de historias justificadoras
de venganzas en nombre de la justicia.
Sin duda que esa perla de la justicia maltrecha, historiada como
la masacre de Acteal, se iluminaría con mayor profundidad
desde una nueva mirada. Es cierto, como ha dicho ya la SCJN,
que ni la PGR ni los deudos pueden inventar pruebas o testigos
y que menos aun se debería culpar a los muertos, incluidos
los cuatro nonatos, las 22 mujeres y los 18 niños, de
un rosario de 45 caídos por un conflicto bárbaro;
pero tampoco se puede ahondar el vacío para que los responsables
paguen su culpa, casi 12 años después. Cualquiera
que haya sido la verdad, brillaría para recordarnos que
el mundo real no se fractura irreconciliablemente entre buenos
y malos; un bando, dos bandos una crónica de agravios
previos está a la espera, los muertos también y
los paramilitares alimentados desde las esferas del poder no
deberían desdibujarse por fallas técnico jurídicas,
pues esa sí sería una injusticia suprema.
En este ambiente gira el sueño de Eufrosina Cruz, quien
un día se despertó con la idea de que podía
gobernar a su pueblo y le dijeron que no, que las viejas no juegan
al poder, porque costumbres bárbaras que no se pueden
aplaudir mantienen una etiqueta sexista en la casa del pueblo.
Y ni qué decir de los cientos de indios recluidos en la
geografía penitenciaria del país, muchos de los
cuales podrían ser inocentes y otros tantos a quienes
no respetaron sus derechos, como lo documenta cotidianamente
la prensa regional y alguna que otra organización que
se ha alzado con honestidad y valentía en estos asuntos.
Entre ellos, los cinco o seis integrantes de una familia originaria
de Cocucho, quienes purgan una condena por un homicidio que ni
siquiera los deudos del difunto creen que ellos hayan cometido.
Están recluidos en Uruapan, no contaron con intérpretes
y no hubo más que puras mentadas de madre para que firmaran
versiones preconstruidas.
De esta forma, a los dos servidores de la justicia que habrán
de engrosar la nómina y disputar la "raquítica"
bolsa de 80 millones que mensualmente destina el máximo
tribunal para sus 35 jubilados, los podría sustituir un
nuevo par que confirme el salto de la diversidad desde los libros
y archivos de antropólogos comodines, para instalarse
en la techumbre de la justicia, camino a desbancar el modelo
de un Estado que no refleja el colorido de nuestra piel.