Suplemento de MILENIO Diario
y SEPRADI, 12 de junio de 2009/ Número 6
OPINIÓN
CRÓNICA DE LA BARBARIE
Martín Equihua
Lo indígena, fuera
de campañas
El mundo indígena está fuera de las campañas
electorales en curso. Las élites políticas han
negado sistemáticamente la presencia india en instancias
decisivas de la República y, en todo caso, han impedido
su participación en el sistema de elecciones para cubrir
las funciones representativas de la diversidad.
Apenas se registran tibios reconocimientos para elegir autoridades
por la denostada vía de usos y costumbres que, cuando
más, alcanzan el nivel municipal, en tanto que los órganos
del Poder Legislativo, no se diga de otros poderes, se encuentran
vetados, herméticamente cerrados, si bien es cierto que
de vez en cuando, como excepción, se filtra alguna voz
disonante, una lengua distinta que rompe el concierto unísono,
con un discurso que deambula solitario.
Los pueblos indígenas y sus territorios se encuentran
atomizados en multitud de distritos que acentúan su condición
marginal de minoría. Las campañas electorales lucen
el espesor del olvido crónico en su silencio sobre los
incumplidos derechos de los pueblos indígenas, pueblos
que no aparecen sino para desplantes inconexos y abstractos,
o para fórmulas voluntaristas.
Veamos.
Por descontado damos que alguien, individual o a nombre de alguna
razón social, pueda hablar por los indios de México,
porque si algo es verdad a estas alturas del partido, es que
la pluralidad que se pide sea reconocida por el resto de la sociedad
vive por igual en este sector, donde perfectamente es posible
encontrar simpatizantes de todo el espectro político e
ideológico que cruza el país.
Hay priístas convencidos por derecho propio, amén
de la adhesión que históricamente se ha señalado
como mayoritaria; perredistas apasionados o panistas agradecidos;
hasta militantes de pequeños y fugaces partidos, trasnochados
incluso, afiliados de fantasmas de viejos institutos políticos
desaparecidos hace tiempo, como el Partido Popular Socialista.
Hay furibundos antipartidistas que acusan a estas instituciones
de nuevas fracturas; no faltan conformistas arrinconados en la
pobreza de zonas agrestes, rebeldes encapuchados en receso, exigentes
en vía pública, líderes mesiánicos
y una nada despreciable cantidad de apáticos a todo.
Los hay católicos y también, cada vez más,
afiliados a múltiples denominaciones sectarias protestantes,
pasando por renovadores de religiones prehispánicas que
quisieran ignorar el curso trágico de la historia; por
supuesto que hay ateos, exóticos orientalistas y adoradores
de otros cultos extraños. Y no se diga caiques, criminales
Así, la esperada nueva relación Estado-pueblos
indígenas debe reconocer este escenario y, a pesar de
él, partir de la definición constitucional del
indígena, vinculado a las culturas preexistentes a la
llegada española. Unidad en la diversidad y por tanto,
superación de los reduccionismos paternales que siguen
considerando a "nuestros indígenas" -como dicen-
como tarados ciudadanos en compasiva formación; o la creencia
inversa que imagina a lo indígena como reservorio de todas
las bondades y claves para reanimar nuestra civilización:
comunalidad, ecologismo, participación social.
Nuestra democracia podrá consolidarse en la medida en
que sea realmente incluyente. Muchas fórmulas se han sugerido
en el debate de los últimos años, desde porcentajes
obligados en candidaturas partidarias, rediseño de distritos,
reconocimiento a otras formas de acceso y trazo de una circunscripción
plurinominal que abra la puerta para que millones de indígenas
se pongan de acuerdo para elegir sus voces representativas a
los espacios donde, al fin de cuentas, se deciden los presupuestos.
Como el proceso electoral no da para más, es deseable
que en el programa de los Centenarios se pueda estimular este
debate, por justicia histórica.