MUNDO INDÍGENA
Suplemento de MILENIO Diario y SEPRADI, 20 de marzo de 2009/ Número 5

CULTURA

 
Llega a Uruapan el fuego nuevo purépecha
 
Ritual prehispánico se celebra en una de las ciudades más importantes de Michoacán

 
Jóvenes uruapenses se unieron a la ceremonia
 El encendido del Fuego Nuevo, ritual de origen prehispánico con el que los adoradores de Curicaveri cerraban un ciclo y abrían otro en su horizonte del tiempo, fue recuperado un cuarto de siglo atrás y desde entonces, año con año, el ceremonial y un programa colateral se celebran en comunidades distintas. Para miles de purépechas es la representación de una pieza central de la antigua cosmogonía, que sirve al reencuentro y la reflexión sobre la suerte de esta cultura, al cierre de la primera década del siglo XXI.
 
El P´orhépecheri Jimbani Uéxurhini -año nuevo purépecha- anuncia un nuevo ciclo. Los antepasados creían en la renovación anual de la energía y fuerza vital del sol.
El año de 365 días constaba de 18 meses de 20 jornadas, las cinco restantes eran de penitencia y reflexión; no se trabajaba, no se hacía guerra, no se prendía el fuego. El último día, ahora 1 de febrero, cuando la constelación de Orión se ubicaba en el cenit, se encendía el fuego nuevo en honor del dios principal, Curicaveri, y estallaba la algarabía.
 
Hace 26 años un grupo de estudiosos, promotores culturales y luchadores sociales, habiendo leído la Relación de Michoacán, principal ventana para mirar el pasado prehispánico purépecha, decidió recuperar el ritual que ordenaba el tiempo, la vida cotidiana, agrícola, la organización social y política. Empezó este nuevo caminar del fuego en 1983, en Tzintzuntzan, antigua cabecera del señorío purépecha y desde entonces se ha asumido una nueva simbología: una piedra angular en la que se graba, año tras año, un nuevo símbolo distintivo de la comunidad sede: un coyote por Ihuatzio, un chile por Chilchota, una olla por Cocucho. Además, una bandera de cuatro colores que representa la unidad de las subregiones purépechas: azul, El Lago; amarillo, La Cañada de los Once Pueblos; verde, La Sierra; morado, La Ciénega de Zacapu. En el centro, un puño y un destello de obsidiana que representa al dios Curicaveri, de donde salen cuatro racimos de flechas, armas del dios solar.
 
La última edición se celebró en Chilchota y logró la participación de miles de personas. Además del ceremonial nocturno durante el día se celebran conferencias y se abre un foro a las manifestaciones artísticas. Entre los múltiples participantes en esta ocasión destacó la poesía coral Nosotros también tenemos un sueño, presentada por la Casa de la Cultura de Nahuatzen, en la que imaginan cómo la Corona española y el Estado mexicano pedían perdón a los pueblos indígenas y en consecuencia desplegaban un abanico de acciones compensatorias. Cada frase revisó la estadística ominosa de los 24 millones de muertos en el primer medio siglo de Conquista, de los 12 millones de esclavos negros arrancados de África, de las 62 lenguas originarias que siguen como extranjeras en su tierra… y al final fueron coronados por un aplauso agradecido.
 
 
El fuego nuevo entrando al centro de Uruapan
 Semanas después, por decisión del Consejo de Cargueros que agrupa a los encargados de cada comunidad que ha acogido a los símbolos contemporáneos, éstos se trasladaron a Uruapan, a solicitud de los barrios tradicionales.
 
Cientos de uruapenses y excargueros de las 26 comunidades que anteriormente fueron sede, encabezados por abuelas y decenas de personas de los barrios, recibieron el encargo simbólico cerca del manantial Rodilla del Diablo, cuna del río Cupatitzio.
De ahí partieron en procesión a la plaza central, envueltos en humareda de copal, estruendo de cuetes y el solemne sonido de caracoles. Miles de citadinos observaron el paso del abigarrado contingente que, al fin de cuentas, es el único espejo posible del ser purépecha del siglo XXI.

Martín Equihua
Fotos: M. Equihua
 
 
 

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