MUNDO INDÍGENA
Suplemento de MILENIO Diario y SEPRADI, 20 de marzo de 2009/ Número 5

OPINIÓN

 
 
Reflexiones y propuestas sobre el futuro de nuestros pueblos
Natalio Hernández*
 

Uno de los acontecimientos más importantes en la vida social y política del país, ocurrido a finales del siglo pasado, fue la emergencia del movimiento indígena contemporáneo que se gestó en la década de los setenta. Después, en 1992, en el marco de las conmemoraciones del V Centenario del "Encuentro de dos mundos", a lo largo del continente americano se desarrolló el movimiento 500 Años de Resistencia Indígena, Negra y Popular, el cual trajo como resultado las primeras reformas constitucionales en los diferentes países de América Latina. En México se llevó a cabo, en 1992, la reforma del artículo 4º constitucional para reconocer que la nación mexicana tiene una composición pluricultural sustentada originalmente en los pueblos indígenas. Con esta reforma México daba por concluido el proyecto de nación homogéneo, lingüística y culturalmente, que predominó a lo largo del siglo XX.
 
Sin embargo esta primera reforma, que reconocía por primera vez en nuestra Constitución Política la presencia contemporánea de los pueblos originarios de México, no tuvo impacto en la sociedad nacional mayoritariamente mestiza. Seguía predominando la idea de que los pueblos indígenas constituyen una realidad aparte, es decir, son pueblos ajenos al proyecto nacional. Y no fue sino hasta enero de 1994, con la rebelión indígena de Chiapas, cuando los diferentes sectores del país tomaron conciencia de que nuestros pueblos formaban parte del tejido social de nuestra nación mexicana y reclamaban su lugar dentro del proyecto nacional, de cara al siglo XXI.
 
Después de una larga discusión y negociación que se materializó en los Acuerdos de San Andrés en 1996, buena parte de estos acuerdos fueron incluidos en las reformas constitucionales de 2001, por cierto con un gran vacío al no haber reconocido a los pueblos indígenas como sujetos de derecho. Desde entonces, tanto en la legislación federal como en varias de las legislaciones estatales, se han llevado a cabo reformas importantes para reconocer el derecho a la educación intercultural bilingüe, al desarrollo sustentable con identidad, al usufructo de los recursos naturales, a la participación política; en fin, el derecho a la autonomía y libre determinación de nuestros pueblos.
 
En este contexto, el reto es construir y desarrollar un México unido y vigoroso, a partir de la diversidad de lenguas y culturas, para lo cual contamos con los instrumentos jurídicos, políticos e institucionales necesarios.
 
Un primer punto que necesitamos para imaginar y construir el proyecto de nuestros pueblos es recuperar la memoria, el pensamiento y el conocimiento propios. Si tenemos claro en cada uno de los pueblos originarios de nuestro país lo que somos y lo que queremos, podemos exigirle al Estado mexicano y a las instituciones nuestro derecho al desarrollo propio, a la identidad propia, el derecho a ser nosotros mismos en estos tiempos de modernidad y globalización. Debe quedar claro que ya no queremos migajas, ya no queremos paternalismos ni programas asistencialistas. Queremos desarrollarnos para fortalecer y enriquecer a nuestra nación multicultural.
 
Un segundo punto es que entre todos, en un marco de diálogo intercultural respetuoso y equitativo, como un ejercicio cotidiano en nuestro ámbito de trabajo, pensemos y propongamos de qué manera lo que dice el artículo segundo de nuestra Constitución Política y demás leyes relativas al tema de los derechos de nuestros pueblos puede empezar a concretarse y materializarse en la práctica.
 
Sobre este particular, permítanme compartir con ustedes cuatro propuestas:
1º. Que la educación intercultural bilingüe sea para todos los mexicanos y no sólo para los pueblos y comunidades indígenas. Esto es, que en cada escuela las lenguas y las culturas de nuestros pueblos se incluyan dentro del proceso educativo.
 
2º Que en las distintas instituciones de los gobiernos federal y estatales se considere un importante espacio de participación de profesionales indígenas.
 
3º Es necesario iniciar un proyecto de desarrollo compartido con los pueblos originarios de México en cada una de las regiones del país. El caso de Atenco, Estado de México, es un ejemplo claro de que no es por la vía del despojo por donde deben caminar los proyectos de desarrollo económico.
 
4º Es urgente que en la próxima contienda electoral los líderes y pensadores indígenas tengan una participación sustancial en los cargos de elección popular, tanto federales como estatales. Desde aquí apelo a la voluntad política de los tres partidos políticos más importantes del país, para que den paso a la palabra de nuestros pueblos, a través de sus líderes y representantes en las tribunas parlamentarias.

*Maestro y escritor nahua
 
 
 
 
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