MUNDO INDÍGENA
Suplemento de MILENIO Diario y SEPRADI, 20 de marzo de 2009/ Número 5

OPINIÓN

 
 
CRÓNICA DE LA BARBARIE
Martín Equihua
 

  Drogas, corazones y cabezas
 
Durante siglos, las drogas se han usado en ceremonias rituales de los pueblos indígenas. Por disfrute y excesos lúdicos se han consumido también, sin duda, pero nada qué ver con el cultivo, tráfico y consumo derivados de un modelo que tocó sus puertas años atrás. No podía ser de otra forma, pues no se trata de un mundo indígena aparte, de un universo ajeno. En la nueva etapa del narcotráfico que padecemos ambas presencias se filtran, ensanchan los tumores cancerígenos que se reportan para el resto del cuerpo social.
 
Sorprende sin embargo la ligereza con que un funcionario de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, CDI, lo señalaba en días pasados; no sólo por las cifras tan puntuales 60 pequeñas comunidades que dependerían en absoluto del cultivo de enervantes sino también porque no acompañó a su precisión delatora, por así decirle, con la oferta de medidas alternativas desde la propia CDI que hicieran pensar en su interés por rescatar a estos núcleos humanos de la ilícita actividad, como correspondería a la institución que dirige el más longevo de los indigenistas de América.
 
El caso es que el poder del narcotráfico ha enhebrado a cada vez más comunidades de los pueblos indígenas. Se trata de un escenario previsible: nivel bajo de ingresos que deviene en condiciones deplorables de vida, por decir lo menos; ubicación en sitios agrestes y un olvido acumulado de la acción de gobierno; ahí no se requiere mayor inteligencia policial ni sociológica para determinar lo que sucede cuando alguien llega con dinero constante y sonante para rentar tierras y gente, sin compartir riesgos. ¡Y pensar que el presupuesto para seguridad de este año asciende a 100 mil millones de pesos!
 
El propio funcionario -Xavier Abreu Sierra, jefe de Coordinación y Enlace de la CDI- dijo que serían 50 mil los indígenas involucrados en las drogas, sobre todo en su cultivo, y señaló a Michoacán y Guerrero como las entidades con mayor presencia, aunque también apuntó otras del norte. En esencia tiene razón, pero insistimos: ¿y eso qué señor Abreu? O mejor sea expresado: ¿qué hay más allá de ese diagnóstico, señor Luis H. Álvarez?, ¿cómo podría la CDI contribuir a la sustitución de cultivos en ese universo tan preciso?
 
Es posible que la estimación del funcionario indigenista se haya quedado corta. Hace cosa de tres lustros, en comunidades de la montaña guerrerense, era común escuchar peticiones dolorosas e ingenuas, pero reales, para interceder ante miembros del Ejército Mexicano, porque elementos suyos habían empezado a destruir plantíos de amapola y marihuana. Palabras más o menos y después de sesiones comunitarias, solicitaban: "díganles que si ellos ya no nos quieren comprar la goma y la hierba que no las compren, pero que las dejen porque viene otra gente a comprarlas. Que ellos saben que no tenemos más de qué vivir y que se acuerden que ellos mismos nos trajeron la semilla, porque aquí antes no conocíamos de eso". Y era cierto; años después de que esas manos uniformadas llevaran la semilla, no había más para hacerse de unos pesos.
 
Pero de la producción se pasó al consumo, que sigue creciendo sobre todo en regiones cercanas a grandes centros urbanos o con alta tasa migratoria. Y de manera natural el brillo de los pesos del crimen organizado atrajo también a jóvenes indígenas empobrecidos, ante quienes cruzar la frontera norte perdió su poder hipnótico y otras alternativas económicas no les funcionaron. Así, del campo hambriento, de las orillas de las ciudades y de otros sitios, a muchos les ha resultado favorable ajustarse una capucha y enrolarse con los psicópatas cercenadores de cabezas.
 
El cultivo y consumo no son una primicia de los indígenas de hoy, lo hemos dicho, sino una herencia cultural, una cadena desplegada en el tiempo a la que pertenecen los célebres hongos alucinógenos mazatecos y su ícono María Sabina; la hoja de coca masticada por Evo Morales y defendida en la máxima tribuna de la ONU para su despenalización; el peyote huichol y tepehuano, y su fuente de purificación divina; la ayahuasca amazónica y tantas drogas más que han estimulado el diálogo con los espíritus de la naturaleza, o la abigarrada cartera de dioses, o los muertos amados, o el futuro que aguarda, o las líneas de un destino por descifrar.
 
Lo nuevo es el poder corruptor del narcotráfico, que ha incorporado a sus filas de productores, consumidores y sicarios a una franja importante de indígenas, como revelan las crónicas regionales y una mirada puntual a los retratos hablados. Véase la región purépecha o ciudades como Acapulco y Oaxaca, como Puebla y Uruapan. Estos modos de la droga de hoy y su perfil violento nada tienen que ver con la herencia cultural, por mucho que se insista en los sacrificios de doncellas y en los corazones que aún latiendo se ofrecían a los dioses, para que mantuvieran el equilibrio del mundo.
 
 
 
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