Suplemento de MILENIO Diario
y SEPRADI, 12 de diciembre de 2008/ Número 4
OPINIÓN
CRÓNICA DE LA BARBARIE
Martín Equihua*
Seis décadas y no se
han enterado
A seis décadas de haber sido creado el Instituto Nacional
Indigenista (INI), sustituido por la Comisión para el
Desarrollo de los Pueblos Indígenas, CDI, en manos hoy
del enervado Luís H. Álvarez, el indigenismo revestido
del gobierno del cambio de Fox, continuado por el gobierno del
empleo de Felipe Calderón, no ha dejado de ser un mal
parche al simulacro de justicia y reparación histórica
que presumieron las políticas paternalistas de antaño.
Parece que aún no se enteran que hace tiempo hicieron
crisis simulación, compasión e intenciones uniformadoras,
ante el testimonio vivo de la diversidad que los pueblos son,
como no se enteran que en sus reclamos hay más, mucho
más que paquetes de láminas, muestras gastronómicas,
concursos de artesanías o nuevos conteos, diagnósticos
y consultas.
Ni los publicitados 30 mil y pico de millones de pesos que
se habrían invertido este año a nivel nacional
en comunidades indígenas; ni las secretarías, procuradurías
y otras perlas burocráticas que se han ido regando a lo
largo de la geografía nacional; ni universidades interculturales
desangeladas y burocratizadas son suficientes hoy para
disimular el desdén gubernamental para promover la participación
de este sector en las instancias decisivas de la vida pública.
Los indios siempre esperan, siempre.
No hubo integración ni desarrollo en seis décadas,
como ahora no basta un reconocimiento simbólico a la diversidad
cultural. Se requiere democratizar el poder, reconocer el derecho
de los pueblos a saborear los gajos que les corresponden, para
así poder orientar su desarrollo de acuerdo a su legítimo
interés. Deben ampliarse los márgenes de participación
directa en todos los órdenes de nuestro país; esa
es la clave de entrada a una reforma profunda que sigue a la
espera del tortuguismo de los dueños del ajedrez, de uno
y los demás colores del espectro político e ideológico.
Se trata de un expediente postergado, hecho a un lado una y otra
vez en nombre de un rosario de prioridades nacionales.
Semanas atrás, el presidente Felipe Calderón,
en su novena visita al estado del gober precioso, en Hueytlalpan,
Puebla, la tierra de pobres que eligió como escenografía
de su descafeinada política indigenista, insistió
en lo que llama su compromiso con la población indígena,
mediante un discurso hueco que comparte con su padrino, don Luís
H. Álvarez, quien representa en forma nítida -dicho
sea con absoluto respeto a su persona- el citado desinterés
presidencial con los indios. Bien vendría una sacudida
que despierte o mande a descansar al más longevo de los
funcionarios calderonistas, a quien no lo imaginamos en los intrincados
escenarios de sus paisanos rarámuris y de tantos otros
pueblos remontados.
Por cierto que el tiempo pasa y ni la comisión nacional
que cambia titulares como calcetines, ni las estatales organizadoras
de la conmemoración de los centenarios, dan muestra de
la inclusión de la temática indígena. No
deberían hacerse las occisas e ignorar que en esta materia
se han gestado propuestas que esperan ir más allá
de la patriótica labor de embellecer parques, jardines
y monumentos. ¿Qué tal un Congreso Nacional Indígena
donde estén, como nunca, las voces reales de la diversidad
que viven en todos los rincones del mundo indígena?, ¿qué
tal una contundente acción con toda la fuerza del Estado,
para que el despeñadero de lenguas se detenga?