MUNDO INDÍGENA
Suplemento de MILENIO Diario y SEPRADI, 10 de octubre de 2008/ Número 3

NEGOCIOS

 
OPINIÓN
 
Cooperativismo y culturas indígenas
Othón Cuevas Córdova*
 

La gente se organiza para trabajar por su comunidad

En este mes, en que a nivel mundial se celebra el cooperativismo, y en el contexto de la crisis socioeconómica que vive el país, bien vale la pena volver la mirada hacia esas "otras maneras de organización" que aún perviven en comunidades indígenas de México, para nutrir nuestra capacidad de reinventarnos.

Sistemáticamente ha existido un desprecio a la cultura organizacional indígena de nuestro país, que se distingue por sus claros rasgos solidarios y mantiene una enorme capacidad de resistencia y sobrevivencia a los procesos de cambio estructural por los que ha atravesado el país a lo largo de los siglos.

En efecto, tradiciones prehispánicas como la "Guelaguetza" y el "Tequio" tienen vigencia plena en numerosas comunidades rurales y urbanas del estado de Oaxaca; de igual manera, en otros estados se mantienen diversas formas de organización solidaria como la "mano vuelta", "las faenas" y otras.

Pero, indiferentes a esta riqueza organizacional, quienes diseñan la política social han preferido mirar hacia Europa o hacia Norteamérica en busca de modelos y estrategias para el desarrollo; el resultado de pretender inventar la realidad mediante disposiciones jurídicas o políticas públicas de gabinete ha sido el fracaso recurrente. Este fracaso no sólo se ha circunscrito a la economía pública y/o privada, también lo podemos constatar en la economía social y, particularmente, en el cooperativismo.

Me refiero, en primer lugar, al deplorable proceso de corporativización que se cernió sobre el movimiento cooperativo desde el sexenio cardenista y que se prolongó hasta la promulgación de la actual Ley General de Sociedades Cooperativas de 1994. Ni duda cabe que un movimiento cooperativo atado verticalmente a las estructuras del control corporativo estatal difícilmente puede constituirse en una alternativa atractiva para los sectores populares, interesados en potenciar sus esfuerzos individuales mediante la acción de una empresa social, gestionada y administrada directamente por sus socios.

Así, la corporativización del movimiento cooperativo por el Estado mexicano durante seis largas décadas se convirtió en una fuente de degeneración, de corrupción y de alejamiento estructural de la auténtica identidad cooperativa, basada en la práctica de valores y principios de naturaleza ética, principal fortaleza del cooperativismo a nivel mundial.

El segundo factor consiste en la manía de no hacer la tarea y pretender avanzar por el camino fácil de la copia y la imitación de modelos externos.

Por consiguiente, volver a nuestra historia y cultura aparece como una necesidad para lograr verdaderamente el diseño de un modelo propio y original, del desarrollo del cooperativismo y la economía solidaria en nuestro país.

La cultura empresarial cooperativa, probada en diferentes latitudes, constituye un patrimonio universal de la humanidad, pero su aplicación mecánica o meramente técnica no puede dar los frutos deseados en términos de articulación social y de desarrollo comunitario o local; para ello requiere la fusión creativa con la cultura y las tradiciones organizacionales de cada pueblo.

En efecto, una cosa son los principios y valores del cooperativismo como elementos de referencia o plataforma ideológica abstracta y otra, muy diferente, las vías, modelos o estrategias que se deben seguir para lograr la implantación, el desarrollo, la expansión y la consolidación del sistema cooperativo hasta adquirir una posición dominante, lo cual, insistimos, debe considerar las condiciones históricas, sociales, económicas, políticas y culturales en las que el movimiento cooperativo desenvuelve su acción social.

En este marco, la tarea estratégica y fundamental del movimiento cooperativo consiste en definir los elementos del modelo apropiado o adecuado para México y sus distintas regiones socio-económicas. Esto es, definir las características organizativas y de estrategia de acción colectiva que permitan configurar, en la práctica y en el transcurso de un largo proceso de aprendizaje y reflexión teórica, la variedad particular del cooperativismo típicamente mexicano.

Por tal razón, ya no es posible seguir considerando a la cultura indígena como un lastre a la modernización. Al contrario, una de las grandes fortalezas de esta cultura es la defensa del territorio, de los pueblos, barrios y comunidades, ejerciendo la autonomía e imponiendo una lengua y unas tradiciones que dan identidad y sentido de pertenencia a todos los que comparten dichos espacios físicos o territoriales.

Hacia el futuro, la divisa para resolver este acertijo y empezar realmente a hacer la tarea debería ser: cultura o modelo empresarial cooperativo, sí, pero adaptado a los usos y costumbres de la comunidad. De lo que se trata es de construir y vitalizar una cultura integral de cotidianidad, sustancialmente diferente a la cultura neoliberal consumista, competitiva e individualista. Una nueva cultura de convivencia comunitaria que establezca un nuevo marco de relaciones con la naturaleza, con el trabajo, con el hábitat, con el dinero y los medios de producción, con el consumo y postconsumo, con el sistema educativo, con los medios de comunicación de masas y con el poder público y los gobernantes. Llegar a las raíces mismas de la vida comunitaria y desde ahí recrear una realidad pluricultural en la cual lo económico tenga su lugar, pero sin dominar o subsumir a los demás ámbitos de la vida y la espiritualidad humanas.

Seguramente por este camino podremos, entre todos, crear nuestro propio modelo de desarrollo cooperativo nacional, que no será otra cosa que la resultante de la integración o confluencia de los diversos modelos regionales que se generan en este crisol de culturas y pueblos indígenas que es nuestro país.
 
*Diputado federal zapoteco
 
Foto: Mundo Indígena
 
 

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