Suplemento de MILENIO Diario
y SEPRADI, 10 de octubre de 2008/ Número 3
OPINIÓN
CRÓNICA DE LA BARBARIE
Martín Equihua*
Declaración, centenarios
y organización
El primer aniversario de la Declaración de Naciones
Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas, proclamada
el 13 de septiembre de 2007, transcurrió sin pena ni gloria,
a pesar de representar una victoria táctica, acaso pírrica,
para los pueblos indígenas, marcados durante siglos por
la marginación a que fueron sometidos desde que el expansionismo
colonial europeo interrumpió su curso. Hoy, nada menos,
representan en el mundo a más de 370 millones de seres
humanos. Pueblos menospreciados también por los artífices
de los modernos estados nacionales y sus constituciones que persisten,
entrado ya el siglo XXI, en mantenerlos apenas señalados,
a la orilla de la historia.
El trecho aún es largo, sin duda, pero se avizora
que en breve se podrían abrir nuevos escenarios y sensibilidades
favorables a escalar agendas, para que los actores políticos
reabran el debate sobre las reformas constitucionales, legales
e institucionales, que correspondan a lo dispuesto y al espíritu,
como se dice, del instrumento internacional aludido. Pensamos
por supuesto en la celebración de los centenarios de la
Independencia y la Revolución, y en las voces que ya suenan
por distintos foros para que los pueblos indígenas sean
considerados como algo más que piezas de ornato, como
parecía haber sido el último destino asignado.
Entre esas voces queremos destacar la de Miguel León
Portilla, quien le recordó a la festiva audiencia instaladora
del Consejo Consultivo de la comisión respectiva del Senado,
que al final del día fueron los "indios patarajada"
quienes inclinaron la balanza en aquellas otras victorias que,
a juzgar por sus resultados, en muchos casos empeoraron la vida
de miles de mexicanos indígenas. Y si bien se trata de
un juicio que sobresalta a los espíritus salerosos de
pipa y guante en su favor, para saciar toda curiosidad dubitativa
evocamos que en la más agreste geografía hay cientos
de comunidades y caseríos dispersos, con miles de rostros
sin ánimo de echar campanas al vuelo.
No bastarán pues, como no han bastado, los discursos
elegantes adornados de sombreros huicholes, blusas de Tarecuato
o huipiles de Xochistlahuaca. En cambio, ese marco se antoja
para resarcir, o cuando menos sacudir, un viejo olvido del Estado
mexicano y una antigua injusticia arraigada en siglos de historia
bordada sobre estas tierras.
Las urgencias de la realidad brotan en todas direcciones
donde otras lenguas han sido posibles; es necesario cerrar el
paso, por ejemplo, a su pérdida acelerada, como lo reformularon
los invitados recientemente al Museo de Antropología,
preocupados por los riesgos evidentes de extinción lingüística
frente a la indolencia. Y ni qué decir de la reina de
todas las penurias, de la urgencia eterna e inmoral: el hambre
que recorre las montañas.
De tal suerte que la Declaración de Naciones Unidas
sobre los derechos de los pueblos indígenas, es apenas
un esqueleto por llenar de vida en cada país; y para eso
no son suficientes los discursos compasivos desde las esferas
del poder; más que nada, se requiere un nuevo empuje en
la organización y participación política;
una nueva etapa desprejuiciada, sin soberbia encapuchada, que
se abra a la pluralidad real que vive en el MUNDO INDÍGENA,
para que se reconozca y se haga saber lo mucho que se ha aportado
y los magros frutos cosechados en los últimos dos siglos
de una historia de miles de años y huellas.