MUNDO INDÍGENA
Suplemento de MILENIO Diario y SEPRADI, 8 de agosto de 2008/ Número 2

NACIONAL

 
Renombrar el mundo en purépecha
 
Ejemplos de cómo se recuperan las lenguas indígenas
México es uno de los países de mayor diversidad lingüística en el mundo, con más de 60 lenguas y 350 variantes, junto a los mosaicos de India, Indonesia, Nigeria, Nueva Guinea y Camerún. Refleja de igual forma, con suma crudeza, el proceso de erosión y pérdida, ya que una veintena acusa franco riesgo de extinción, como cucapá, kiliwua, paipai, pima, cakchiquel o pápago, si bien las lenguas maya, nahua y mixteca mantienen una fortaleza prometedora.
La presión del español sigue inclinando la balanza a su favor y ahora mismo podemos ver, por ejemplo en la sierra purépecha o la costa nahua de Michoacán, que comunidades tradicionalmente resistentes como Sevina y Maruata, han desplazado el uso diario de la lengua materna, en un proceso acelerado en la última década.

Pero hay esfuerzos importantes, como aquellos que están incursionando en las nuevas tecnologías, en el uso de radios o la formación de grupos de estudio para la recuperación de lenguas, como nos sugiere el joven maestro Jaime Ángel Bernabé, con poco más de un año de experiencia en la enseñanza, o el abuelo que decidió integrar con sus nietos monolingües un grupo de entusiastas aprendices.

"Me invitaron a dar un diplomado en purépecha y se me hizo fácil", dice Jaime Antonio, estudiante de la Escuela Normal Indígena de Michoacán, quien esperaba que a su grupo se integraran niños y jóvenes, pero se sorprendió desde su primera clase: "Nunca imaginé que mis alumnos fueran más grandes de edad que yo, y menos que se tratara de profesionistas, entre ellos abogados, doctores, maestros y periodistas".

En el diplomado -nos confiesa Jaime, con 20 años de edad- aprendió a valorar más su propia lengua, al conocer el interés que por ella tienen otras personas que "no son propiamente indígenas", y asegura que cuando los escuchó comunicarse por primera vez en purépecha, "me sentí muy motivado, orgulloso". Pero revela además que hasta entonces "no sabía nada de mi idioma, sólo hablarlo… y ni siquiera imaginaba que tuviera estructura gramatical… pensé que enseñar mi lengua sólo era traducir un gato por otro gato", por lo que tuvo que estudiar mucho y convertirse en lo que ahora es: un "verdadero maestro de lengua". Habría que decir que el diplomado en cuestión fue convocado al amparo de la Universidad Michoacana y que el joven maestro no recibe pago de la institución.
 
En otra experiencia encontramos a don Rafael E. Figueroa, quien después de 75 años de mantener guardada su lengua purépecha en cajitas de madera de las que es un artesano pobre, se sorprendió cuando entre juegos con sus nietos se puso a renombrar en lengua indígena a las cosas de este mundo. Recordó que lluvia se dice jánikua, que estrella joskua, que agua itsï, que raíz xiranhua y que maíz tsíri. No daba crédito. Le parecía increíble que aún viviera en su longeva memoria esa lengua que un día creyó que sólo servía para nublarle el futuro, de por sí incierto. Su asombro fue mayor cuando supo que podía aprisionarse en libros para aprenderla y reaprenderla. El padre de don Rafa fue monolingüe purépecha, él bilingüe y sus hijos y nietos, monolingües del español; la ruptura generacional de la sustitución lingüística.
 
 
 Con extraños sentimientos miró a sus nietos, a través de los anteojos protectores de astillas y aserrín. Se sintió descubierto y a la vez apenado por una renuncia incompleta; se apenó de sí mismo, pero se alegró que ellos, nimakuaecha, revivieran las palabras con las que aprendió de niño que flor se dice tsitzqui y abuelo tata keri. No le quedó más y semanas después armó un grupo con sus nietos, nos dice con alegría.
 
Su conclusión es iluminadora: fue falsa esa necesidad que alguien les vendió un día, en Aranza y Tingambato, para que abandonaran la lengua de sus antepasados, cuando en realidad, como todas las lenguas, con más o menos esfuerzo son traducibles, porque a fin de cuentas son instrumentos del hombre y sus pasiones.

 
Martiín Equihua
Ilustración: Edmundo Aquino
 
 

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