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- Con extraños sentimientos miró a sus
nietos, a través de los anteojos protectores de astillas
y aserrín. Se sintió descubierto y a la vez apenado
por una renuncia incompleta; se apenó de sí mismo,
pero se alegró que ellos, nimakuaecha, revivieran las
palabras con las que aprendió de niño que flor
se dice tsitzqui y abuelo tata keri. No le quedó más
y semanas después armó un grupo con sus nietos,
nos dice con alegría.
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- Su conclusión es iluminadora: fue falsa esa necesidad
que alguien les vendió un día, en Aranza y Tingambato,
para que abandonaran la lengua de sus antepasados, cuando en
realidad, como todas las lenguas, con más o menos esfuerzo
son traducibles, porque a fin de cuentas son instrumentos del
hombre y sus pasiones.
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