MUNDO INDÍGENA
Suplemento de MILENIO Diario y SEPRADI, 8 de agosto de 2008/ Número 2

OPINIÓN

 
 
CRÓNICA DE LA BARBARIE
Martín Equihua*
 

  Renombrar flores y canarios
 
Es insuficiente el balbuceo del Estado mexicano para detener eventualmente el ritmo acelerado con el que muchas lenguas indígenas asisten a la muerte, si bien es cierto que han brotado normas, creado institutos, hecho estudios clasificatorios, incorporado limosnas al sistema de educación nacional, inventado días especiales para lenguas maternas y que se han dado cientos de golpes de pecho en todo el espectro ideológico nacional. Por igual han aparecido iniciativas civiles de corte quijotesco, sin faltar un cúmulo de acciones y promesas demagógicas que se estrellan en la realidad brutal de esa tendencia ensordecida que anhela un solo idioma para los asuntos humanos, en complicidad con las instancias de decisión de la república, donde la representatividad de los pueblos indígenas es deficitaria.

El proceso de erosión y pérdida no es exclusivo de nuestro país si de consuelo cabe y, como mejor lo saben los lingüistas, viene de lejos en el tiempo y ha cruzado toda la geografía donde una voz ha bautizado canarios, azalias, manantiales, sonrisas y charales; especialmente ha tocado a las lenguas que han sucumbido a la fonética estridente de cañones y toda clase de armas de semántica necrófila, instrumentos al fin de la sed expansionista que no ha dejado rincón del mundo sin barrer, incluidas esas perlas de la comunicación y la historia única e irrepetible del género humano.

Siempre se han extinguido, es cierto, siempre. De alguna forma la historia registra un vasto cementerio donde ha venido a reinar el silencio de las palabras, pero en ella se corrobora también la importancia de la intervención de los poderes públicos para su recuperación y fortalecimiento. Así, y más allá de lo discutible de aceptar como natural un proceso como ese, es pertinente insistir en las posibilidades políticas para incidir y frenar el lengüicidio, como alguien lo llama. Que los últimos kiliwas que se le escaparon al tiempo hubieran hablado de un pacto para enterrar lo que queda de su lengua, representa un monumento a la desvergüenza, para todos los tiempos.

Asistir de brazos atados a este proceso acelerado que podría enviar al panteón lingüístico en lo que resta del siglo a la mitad de los cinco mil idiomas que hoy forman parte del patrimonio universal, es una traición a miles de años de historia. Es una tragedia, un luto, equiparable a la franca extinción de especies, pero incluso con un índice de pérdida mayor en las lenguas.

Por eso es pertinente recordar que hasta hoy, las recomendaciones de la ONU para preservar la diversidad lingüística, la superación de la castellanización por un modelo bilingüe e intercultural, la creación y frutos del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (INALI)… han sido insuficientes para detener la barbarie.

Es necesario ir más lejos, con toda la fuerza del Estado, en una especie de Operativo Conjunto Lingüístico, con sus propios soldados, por así decirlo, sus recursos y tiempos; rescatar lo rescatable que es mucho, empezando con acciones concretas que le den cuerpo a la Ley General de Derechos Lingüísticos y su reconocimiento a todas las lenguas como oficiales en nuestro país. El Estado debe abandonar su sordera ante la diversidad lingüística y entender lo que UNESCO demanda: "intervención urgente", no sólo la fiesta de un día al año, por muy bonito que suene el Día Internacional de las lenguas Maternas.

* Periodista purépecha
 
 
 
 Siguiente  Índice