MUNDO INDÍGENA
Suplemento de MILENIO Diario y SEPRADI, 12 de mayo de 2008/ Número 1

OPINIÓN

 
 
Responsabilidad del Congreso
Aleida Calleja*
 

Del 21 al 25 de abril, una misión internacional, conformada por 11 de las principales organizaciones que defienden la libertad de expresión en el mundo visitó nuestro país, a fin de obtener información con autoridades estatales y federales sobre las agresiones, asesinatos y desparaciones en contra de periodistas y medios de comunicación, las cuales, ante su incremento, nos hacen en la actualidad el país con mayor peligro para ejercer el periodismo en las Américas.

Como parte de su agenda, también se entrevistaron con las víctimas de las agresiones, entre las que podemos encontrar a varias emisoras comunitarias indígenas, especialmente en el estado de Oaxaca. Todavía unas semanas antes de la llegada de dicha misión, se perpetró el asesinato de dos periodistas de la emisora La Voz que Rompe el Silencio, ubicada en San Juan Copala, en la región triqui, el cual sin ninguna duda es reprobable e inadmisible. A pesar de ello, no se ven visos de castigo a los culpables por parte de las autoridades correspondientes, pues más allá de que digan que los asesinatos son producto de conflictos intercomunitarios, es su obligación encontrar y castigar a los asesinos.

De entre los testimonios recabados entre los integrantes de la radio en la región triqui, en la emisora Radio Calenda de la zona zapoteca de los Valles Centrales y en Radio Nandia de la zona mazateca de Oaxaca, encontramos que la impunidad y la falta de un debido proceso ante ataques de agentes directos o indirectos del Estado es una constante, por lo que el ejercicio de la libertad de expresión por parte de las comunidades indígenas en nuestro país enfrenta muchos obstáculos.

Uno de ellos es la falta de reconocimiento por parte del Estado Mexicano para que se haga cumplir el artículo 2º constitucional, en el sentido de que puedan instalar, operar y administrar sus propios medios de comunicación, pues ese derecho es inexistente en la legislación federal de radio y televisión, sobre todo ahora, con lo que establece la llamada "ley televisa". Este derecho debiera ser no solamente reconocido, sino también garantizado por el Estado, no sólo para que puedan ejercer la radiodifusión comunitaria, sino también todo aquel modelo de radiodifusión que las comunidades consideren conveniente para su desarrollo, pues en ningún momento el precepto constitucional obliga a que sea sólo un tipo de radiodifusión, por lo que una ley en la materia debiera sentar las bases para garantizar de manera amplia este derecho.

Aun y cuando las emisoras comunitarias tengan reconocimiento legal -y ello se refiere a contar con la autorización, mediante un trámite administrativo frente a la autoridad federal para obtener un permiso- vemos un patrón de agresiones en contra de su ejercicio por el tipo de línea informativa y editorial que manejan, sobre todo en Oaxaca, donde ante la intolerancia de poderes locales, formales o informales, a que se ejerzan posiciones distintas a las suyas, en pocas palabras al ejercicio del derecho al disenso, se acude a vías violentas para tratar de acallarlas.

Lo peor de todo es que la mayor parte de los casos se encuentran en la impunidad, pese a que se tienen muy bien identificados a los autores de las agresiones. Ello, sin ninguna duda, violenta de manera sustancial el estado de derecho en nuestro país.

El derecho de las comunidades indígenas a contar con sus propios medios de comunicación es diferente a contar con medios de los llamados indigenistas. Éstos últimos son propiedad de una instancia del Estado, la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, la cual decide la política y los contenidos de sus emisoras, por lo que son más bien medios estatales, que, cabe decir, son de los pocos en manos del Estado que se acercan al servicio público. El punto central es que sean las propias comunidades y grupos indígenas quienes tengan de manera directa la propiedad del medio de comunicación, pues ello determina su posibilidad de autonomía e independencia para definir sus políticas, contenidos y posiciones editoriales. Permite de manera más plena el ejercicio de su derecho a la comunicación, el cual seguirá siendo de papel en tanto no exista una nueva ley de radio y televisión, que garantice en la realidad este derecho para las comunidades y pueblos indígenas. Esta es una más de las deudas históricas que este país tiene con ellos, y esto es responsabilidad directa del Congreso.
 
*Vicepresidenta de la Asociación Mundial de Radios Comunitarias (AMARC)
 
 
 
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